lunes, octubre 05, 2009

Adios Negrita Linda



Mercedes Sosa
(1935-2009)

Mis respetos a una voz enorme, la “voz de América”.

Nada que decir, que la guitarra calle…



martes, septiembre 08, 2009

Hombre de Papel

Soy un personaje de papel y como tal acabare por ser letra muerta. A veces pienso en todo lo que han vivido aquellas personas reales de los cuentos llamados con personajes reales, y como uno poco a poco se va convirtiendo en un personaje de papel, en una persona de papel más bien. Talvez como Edipo que compromete toda su retórica para construir su propio trágico final, pero en una literatura que está tan viva como esta propia calle por la cual camino, si es que este asfalto, que observó con cada paso poco firme que doy, es real. ¿Y si yo propongo mi propio hundimiento? ¿Acaso creo tan firmemente en el progreso como el Titanic lo creyó posible, y me hundo irremediablemente por la razón más absurdamente posible? Talvez sólo soy un personaje de papel que un día decidió leer y se auto interrumpió así mismo en una mala lectura, sin entender nada de lo que estaba leyendo, sin parar, siempre adelante mezclando aún más una memoria de lento resonar, como si no tuviese pasado posible y se pudiera entender todo, como un libro que comienza en la mitad de la acción, donde uno espera que siempre sea explicado aquello que queda en la nebulosa, pero jamás es explicado, sólo se escucha un eco, la imprenta rebotando en los ojos, un adjetivo bien puesto, un verbo conjugado en medio de la desolación, una palabra que no se entiende por que el diccionario no esta lo suficientemente cerca y el propio silencio. Soy un hombre de papel porque me resulta tan difícil enumerar las veces que he ido al baño, me resulta tan difícil mi vida cotidiana, tan difícil recordar cuantas veces le he hecho el amor a Ana, cuantas veces me he resignado a perderla y cuantas nos hemos reconciliado. Soy un hombre de papel, camino por las calles de un Santiago nublado, dejo atrás la imagen de una mujer tan gorda como sus piernas le permiten caminar, ya no pienso en ella, mi pensamiento está en los libros que no leí hoy y en que no me importa, en que debería dejar la canónica lista de clásicos que nunca leeré. Pienso en el banco que está junto a mí, en sentarme como en los tiempos de la facultad cuando pensábamos todos que íbamos a ser grandes escritores y que nos agarró el matadero como dice Morales. Aún en ese tiempo veía a muchos escaparse a la biblioteca a leer, a otros en los extensos pastos de la universidad, pero algunos, como yo y Gastón, realizábamos largas caminatas antes de sentarnos a leer. Tenían un propósito inexplicable, una especie de preámbulo necesario. Por error, en ciertas ocasiones, nos encontrábamos juntos caminando a través de la avenidas cercanas de la universidad, hasta que en algún momento, me preguntaba hacia dónde iba, tras contestarle, me decía que tenía que irse, adiós y se largaba a caminar en cualquier dirección distinta a la mía. Me ponía a caminar sin rumbo y terminaba por encontrármelo en las mismas plazas que yo visitaba. Me miraba como si fuera un accidente y sonreía tímido cerrando el libro. Nos quedábamos hablando del libro de turno a veces, otras sobre música, la mayoría de las veces sólo trataba de dar explicaciones y se largaba otra vez a caminar. Yo me quedaba en la plaza sentado, decidía tomar su puesto como si el banco pidiera a gritos un lector. Leí novelas enteras sentadas en un banco de cualquier plaza, nunca poesía, la poesía se lee parado o acostado, nunca sentado. Y ahí me quedaba sentado en el banco hasta que remataba el día y el crepúsculo me impedía leer. Hace tiempo que no me encontraba con una plaza así, ni siquiera con Ana, a quien siempre le he leído algunos de mis cuentos, ambos acotados en la cama o, al contrario, ella me ha leído mientras yo lo estoy. Leer nos convierte en personas de papel, la gente de verdad no lee, no por asunto de cultura o interés, sino que tienen que vivir, los personajes de papel tiene una utilidad. La mía, aún no la encuentro, la busco y busco y no la encuentro, sentado en la plaza no la encuentro. Cuando camino tampoco, porque al igual como hay un preámbulo, después de leer, hay que ponerse a caminar de nuevo, es cuando la lectura en caso que haya sido inspiradora, nos envuelve y no nos deja, nos hace caminar más rápido, como si tuviéramos que llegar al próximo banco a seguir leyendo, aún cuando tengamos que llegar a casa a dormir, nosotros los hombres, los personajes de papel, siempre pensamos en el próximo banco, porque sólo a través de la lectura somos reales, sólo a través de adentrarnos en eso que no sabemos como llamar, nos sentimos vivos, así esperamos que nuestras piernas no se corten, que nuestras casas sean de papel, que nuestros amigos sean de papel y que el planeta mismo sea de papel. Pero el mundo no es de papel, las calles no son de papel, el banco, sobre todo el banco, no es de papel y finalmente, a causa del papel mismo, me doy cuenta que Ana no es de papel. Gastón tampoco era de papel, pero se desvaneció como el papel, la última vez lo vi en una plaza idéntica a ésta en la que estoy, en un banco tal cual como el que estoy mirando. Me dijo que tenía una clases pero que no le daba la gana ir, que había preferido venir, que sólo le quedaban unas pocas páginas para terminar el libro que cerraba justo en la última página. También me dijo que me lo prestaba si quería leerlo y me lo puso encima de las manos antes que dijera nada. Entonces comprendí que me tocaba a mí. Se fue caminando hasta perderse al doblar una esquina. Yo abrí el libro y comencé a leer.

Mentiras...

Gastón me dijo que había visto hace poco a Emilio, que se habían juntado alrededor de una cerveza. Fue al primero que le contó, Emilio tenía esa facilidad con cierta gente, era confiable. Era como un cura. Ante él no sólo tenías dos opciones, o le contabas todo, hasta lo más secreto, o te lo guardabas para siempre. Por eso, ¡igual que un Cura! Fue esa tarde que Gastón le dijo que se estaba muriendo, que tenía un cáncer o algo así, tenía un año a lo más. Emilio le dijo que se le notaba en el caracho, y en seguida le confesó que se iba a quedar ciego, como Borges. Había ido al oculista y sus ojos estaban pal’ lastre. Por tanto leer, le dijo Gastón, por tanto maraquear seguro, le dijo Emilio, y ambos rieron de sus desgraciadas vidas. Yo fui el segundo en saber, un mes después de Emilio. Me junté con Gastón a conversar sobre algo que tenía escrito y que quería que lo revisara, me lo pasó y me dijo que lo leyera mañana a más tardar, él ya se moría. ¿Qué te pasa? Un cáncer, dijo, como ves, me muero de cáncer y Emilio se nos queda ciego. Quise decirle que Emilio ya ni siquiera usaba lentes, lo habían operado o algo así, pero para qué. Gastón se nos moría, mientras Emilio seguía mintiendo a ver si reparaba algo de este mundo que se nos caía encima.

martes, septiembre 01, 2009

Lecturas

En los años de universidad el tiempo para leer se reducía a veces a los libros de los cursos, sobre todo cuando se materializaban más de mil páginas en una sola semana. Sin embargo personas como Antonio, Ríos y Gastón, lograban traspasar esa muralla, y se ponían a leer cada vez que se les daba la oportunidad. Varias veces a Gastón estuvieron a punto de atropellarlo, Antonio se perdía clase tras clase y Ríos se pasaba de su casa en la micro. Yo al comienzo trataba de leer todo lo que era mi deber y en aquellos reducidos tiempos de ocio, leer cualquier novela, que pasó a ser cualquier cuento, cualquier libro de poesía, hasta llegar a buscar poemas sueltos. Sólo cuando comprendí que había que dejar ciertas cosas, que no se podía leer todo en la vida, dejé de leer ciertos textos de algunos cursos en particular, lo cual terminó por una decidía casi total por cualquier lectura universitaria. Sólo cuando había algo interesante, me hundía en él. El segundo paso, el de aquellos sin vergüenza, era el de escribir. Yo fui de los últimos en unirme, primero fue Antonio, después se unieron los demás. Creo que fui de los últimos en presentar un texto, o quizás fue Gastón. No, me parece que fui yo. Gastón tenía la facilidad de meterme en todos sus asuntos aun cuando me negaba por dentro, al final, el convencía de participar en todos sus proyectos “artísticos”, los cuales iban desde cortos hechos con una cámara casera, hasta especies de folletos con pretensiones de libros. Él me decía “escribe una cuestión que hable mal de algún escritor. ¿Sabes a quién odio...? ¡A Blanco! Me carga Guillermo Blanco”, yo iba y lo escribía sin jamás haberlo leído, sólo siguiendo sus instrucciones. Citaba a personas imaginarias que habían hablado mal de él y decía que su narrativa era pésima. Muy mal me sentí por todo esto cuando leí un libro de Blanco, me sentí un idiota y pensé que no debía seguir más a Gastón en nada. Pero al otro día me decía que nada de lo que había escrito iba en ninguna parte y que no me preocupara, como defendiéndome por que la asquerosidad que había escrito, por lo mal que habría quedado ante el mundo entero por mi entera ignorancia. Nunca más volví a escribir una reseña de un escritor que no conociera, pero seguí ayudando en todo a Gastón. Me decía después “escribe un soneto, necesito un soneto”, “pero si ya escribiste dos tú” le decía, “necesito otro” me contestaba y lograba convencerme de escribirlo tras un montón de razones que no sabía como discutir. Tras una tarde entera de planear el soneto, ya que jamás supe nada de métrica, se lo entregaba. Entonces lo guardaba y jamás volvía a saber de mi poema. Si llegaba a preguntarle que había pasado con mis escritos, me contestaba que nada, que lo tenía guardado y en seguida me pedía que le ayudara actuando de ciego en un corto que tenía pensado. Nunca sé si me considero un verdadero amigo, yo a veces sí, otras veces me parecía que sólo una relación de trabajo, en que yo era el obrero y él era el jefe, quien me decía que hacer y como hacerlo. Ahora me doy cuenta, en ese tiempo sólo lo seguí como un igual, pero muy equivocado estaba. No es que el me viera como alguien a quien mandarle el trabajo sucio, quizás un par de veces fue así, pero no siempre. Sólo era una especie de líder, como lo puede ser un editor, que decide que va y que no va. Al poco tiempo dejé de escribir, así como fui el último también fui el primero. En esos tiempos, cuando algunos quemaban sus escritos, otros lo rompían en frente de un público y otros sencillamente perdían la página donde habían escrito su último poema a lápiz grafito, yo dejé de escribir. Lo mío era leer, así lo siento, a pesar que Ana me mira desde el cuarto esas noches que me siento en frente del computador, y espera que empiece a sonar el teclado. Jamás suena. Sólo pongo un libro entre la hoja en blanco virtual y yo y comienzo a leer o sólo a hojear algún libro. Ella cree que escribo a veces, y a veces lo hago, pero son escenas sueltas, como en espera de ese tiempo perdido, como si leer fuera un estorbo, cuando es al revés. Siempre es al revés.

lunes, agosto 24, 2009

Pilchas

Entonces, un día cualquiera, como si todos supieran que iba a pasar, Emilio, perdido en medio de un panorama "no tengo nada que perder”, tomó sus pilchas y se mandó a cambiar…

viernes, enero 04, 2008

Lo efímero

Cito esto en forma de respuesta a lo escrito en el blog “Instinct”:
http://velluch-vicious.blogspot.com/2007/12/cmo-sobrevivir-con-los-hiperventilados.html

“Los escritores de la Literatura Nazi no es más que una metáfora del oficio de escritor, de la literatura, que es un oficio, a mi modo de ver, bastante miserable, practicado por gente que está convencida de que es un oficio magnifico, y ahí hay una paradoja bestial, un equivoco bestial. Yo a veces, es decir… es un equivoco como si alguien ve a una persona muerta con cuatro balazos en la cabeza, diez balazos en la espalda y un cartel que dice “Te mate por tonto!”… lo ve y dice “¡Uy, sufrió un accidente!” Es así el equivoco, no sé como no se dan cuenta. El oficio de escribir es un oficio poblado de canallas, eso más o menos todo el mundo lo intuye, pero es que además está poblado de tontos, que no se dan cuenta de la fragilidad inmensa, de de lo efímero que es. Es decir, yo puedo estar con 20 escritores de mi generación y todo están convencidos que son buenisimos y que van a perdurar. Eso es una ignorancia, a parte de un acto de soberbia enorme, es de una ignorancia bestial.”

Fragmento de la entrevista realizada a Roberto Bolaño por Cristián Warnken en “La Belleza de Pensar”. Canal 13 cable. Diciembre, 1999.

miércoles, diciembre 20, 2006

Sobre algunas Sequías...

Es mucho peor escribir en un golpe de suerte una tarde perdida en un periodo de sequía, que estar en una completa y absoluta sequía, porque al igual que el moribundo que viaja por el desierto y encuentra el agua que está en medio de la nada y se la toma, pierde, el sabor del agua queda como una sensación invisible en el paladar y su recuerdo llega atormentando el andar, y uno piensa cada vez más en esa agua que tuvo alguna vez, y piensa en como no la retuvo más tiempo, cómo fue tan estúpido de no racionarla, de no mantener hasta la última gota, talvez como un recuerdo de la esperanza, que cada vez está menos a la mano. Porqué cuando uno escribe en esos momentos de inspiración divina (que jamás es divina, más parece un golpe de suerte) y avanza en algo, o deja algo inconcluso, queda eso en el aire nuevamente, ese corte intermedio entre la primera palabra y el punto final, se hace un abismo que hay que cruzar. El que nunca escribe, por lo menos está en el punto de partida, tiene la elección, por último, se puede poner a leer, que cada vez me parece el camino a seguir más que el de escribir. Pero es una cuestión que no se elige, las manos (en mi caso) pican todo el tiempo, como una petición, así como al judío errante le tiemblan las piernas llamándole a volver a la eterna marcha, mis manos me exigen escribir, pero de mis manos no sale nada a veces, porque ese abismo se extiende como algo que chupa, destroza las ganas de sobrevivir, como si algo me dijera que debo autodestruirme, pero también al otro lado están aquellos que me miran y me exigen que resuelva lo suyo, entonces uno salta al abismo y en todas partes, aún sin escribir, uno medita ese próximo paso, todo el día en la micro, en la calle camino a la universidad, en esos momentos que te miran y te molestan como si uno estuviese en otro mundo; uno arma los escritos, ensayo y error, ensayo y error… más error que ensayo. Pero ahí está el eterno pensamiento de lo que vendrá en la escritura, porque al abismo hay que tirarse y tirarse sin cuerda, y sobre todo hay que caer al abismo y matarse si es preciso, y jamás levantarse, porqué desde ahí tenemos que escribir, ser parte del abismo, hasta que nuevamente los dedos dejen de picar, y anden a la velocidad precisa, sin que ninguna palabra ni verso ni estrofa parezca un ladrillo, sino una marcha a través del desierto con suficiente agua para sobrevivir.

sábado, diciembre 02, 2006

Poe; silencios.

Me parece extraña la sensación de sentir que falta algo por decir, aquello por aclarar que justo en ese momento en que todo debía ser descubierto, se cierra el tema para no abrirse nunca más. En los cuentos de Edgar Allan Poe en los más acabados, no queda ningún cabo sin atar, en cuentos redondos como El corazón delator, Los crímenes en la calle Morgue o en La carta robada, es tan perfectaza su estructura, que me parece impenetrable, no hay duda o interpretación posible para los hechos en cuestión, sobre todo en los dos últimos, donde Poe se da el lujo de explicar cada detalle hasta el cansancio, dando un montón de vueltas que, no obstante, construyen el cuento en su justa medida, sin rellenar ni evitar elementos. Sin embargo, este aspecto tan depurado en Poe, cambia en ciertos relatos en donde se abre esta indefinición, sobre todo en las ultimas hojas de Las aventuras de Arthur Gordon Pym, su única novela, en donde un protagonista cansado y fatigado ya por el largo viaje entre naufragios, caníbales y penurias, nos relata como ante sus ojos aparece un gigante de hielo y un hombre con la piel tan blanca como la misma nieve. Justo cuando la sensación de estar viajando entre tinieblas está presente, la narración se corta sin decir nada más, ni siquiera con un prólogo tan corto como impreciso, el narrador aclara del todo lo que ha pasado. Explica que ha muerto Pym, pero también que se han perdido un par de capítulos y que la historia ha llegado hasta donde ha sido posible.

Quizás reutilizando el guiño de Manuscrito hallado en una botella, Edgar Allan Poe engaña con un falso final, en donde no deja nada resuelto, es un abismo que se abre y que queda en lo jamás sabido. Cómo uno podría especular sobre el destino de un desaparecido, pero no sólo sobre una perdida trágica, si no hasta una tan sencilla como la de un joven universitario que un día está y al otro no. No hay voz para acallar todas las preguntas, sólo especulaciones e interpretaciones, porque el silencio también debe tomarse como una señal, pero no me refiero al final de un cuento como Hop-frog, donde lo que pasó con el deforme bufón es irrelevante después de la calcinación del rey y sus viles compañeros, la alegórica simbólica de la venganza del sirviente en contra del poder tirano, sino que me refiero a lo no concluido, el aliento latente que queda tras un relato como El tonel del amontillado, en donde el tintinear de los cascabeles nos anuncia el trágico final, pero que jamás nos da las pistas completas para entender del todo lo que el personaje vio, porqué sencillamente la antorcha no le deja ver nada. Siguiendo está línea, su más celebrado omisión es en El pozo y el péndulo, en donde se detiene sólo a describir aquello que ve en el pozo como un sentimiento que lo hace arder y no lo deja respirar de horror. El hecho que Poe no diga lo que vio, encolerizaba a R. L. Stevenson, que veía en eso “una impostura, un audaz e imprudente escamoteo.” En cierta forma tiene razón, pero su juego de manos no es el de quien quiere hacer trampa, sino el que al ocultar aquella información gana, aquella perfección que maneja con tal inteligencia en sus cuentos más completos como los ya citado al comienzo, no son abandonados, porque la no resolución de esas pistas, le dan ganancia al relato y vida.

Si fuera más lejos y tomara las palabras de George Snell cuando ve el cuento Manuscrito en una botella, como una parábola del paso del hombre por la vida, se podría hacer un paralelo completo en la vida del mismo Poe, desgraciado, que justo cuando iba en busca de aquel trabajo que le salvaría la vida, muere en mitad del camino en circunstancias que hasta el día de hoy se encuentran en las tinieblas, material de un centenar de especulaciones. Se ha dicho que lo asaltaron, que lo obligaron a votar de urna en urna en una ciudad en día de elecciones, y hasta que fue asesinaron. Nuevamente el inconcluso destino del silencio, el de quien no está para acallar las versiones y decir la verdad, porque talvez la verdad no existe, sólo hechos perdidos en relatos que sólo dejan entrever lo que es necesario para hacerlos tales, al igual, su extraña muerte es parte del mito, como lo es su obra tan oscura como lo fue su vida. Poe se debate entre la claridad y las tinieblas, en una estructura que no deja de ser maravillosa en sus descripciones precisas y su ambientación que influirá en varias y variadas generaciones hasta el día de hoy.