miércoles, diciembre 20, 2006

Sobre algunas Sequías...

Es mucho peor escribir en un golpe de suerte una tarde perdida en un periodo de sequía, que estar en una completa y absoluta sequía, porque al igual que el moribundo que viaja por el desierto y encuentra el agua que está en medio de la nada y se la toma, pierde, el sabor del agua queda como una sensación invisible en el paladar y su recuerdo llega atormentando el andar, y uno piensa cada vez más en esa agua que tuvo alguna vez, y piensa en como no la retuvo más tiempo, cómo fue tan estúpido de no racionarla, de no mantener hasta la última gota, talvez como un recuerdo de la esperanza, que cada vez está menos a la mano. Porqué cuando uno escribe en esos momentos de inspiración divina (que jamás es divina, más parece un golpe de suerte) y avanza en algo, o deja algo inconcluso, queda eso en el aire nuevamente, ese corte intermedio entre la primera palabra y el punto final, se hace un abismo que hay que cruzar. El que nunca escribe, por lo menos está en el punto de partida, tiene la elección, por último, se puede poner a leer, que cada vez me parece el camino a seguir más que el de escribir. Pero es una cuestión que no se elige, las manos (en mi caso) pican todo el tiempo, como una petición, así como al judío errante le tiemblan las piernas llamándole a volver a la eterna marcha, mis manos me exigen escribir, pero de mis manos no sale nada a veces, porque ese abismo se extiende como algo que chupa, destroza las ganas de sobrevivir, como si algo me dijera que debo autodestruirme, pero también al otro lado están aquellos que me miran y me exigen que resuelva lo suyo, entonces uno salta al abismo y en todas partes, aún sin escribir, uno medita ese próximo paso, todo el día en la micro, en la calle camino a la universidad, en esos momentos que te miran y te molestan como si uno estuviese en otro mundo; uno arma los escritos, ensayo y error, ensayo y error… más error que ensayo. Pero ahí está el eterno pensamiento de lo que vendrá en la escritura, porque al abismo hay que tirarse y tirarse sin cuerda, y sobre todo hay que caer al abismo y matarse si es preciso, y jamás levantarse, porqué desde ahí tenemos que escribir, ser parte del abismo, hasta que nuevamente los dedos dejen de picar, y anden a la velocidad precisa, sin que ninguna palabra ni verso ni estrofa parezca un ladrillo, sino una marcha a través del desierto con suficiente agua para sobrevivir.

sábado, diciembre 02, 2006

Poe; silencios.

Me parece extraña la sensación de sentir que falta algo por decir, aquello por aclarar que justo en ese momento en que todo debía ser descubierto, se cierra el tema para no abrirse nunca más. En los cuentos de Edgar Allan Poe en los más acabados, no queda ningún cabo sin atar, en cuentos redondos como El corazón delator, Los crímenes en la calle Morgue o en La carta robada, es tan perfectaza su estructura, que me parece impenetrable, no hay duda o interpretación posible para los hechos en cuestión, sobre todo en los dos últimos, donde Poe se da el lujo de explicar cada detalle hasta el cansancio, dando un montón de vueltas que, no obstante, construyen el cuento en su justa medida, sin rellenar ni evitar elementos. Sin embargo, este aspecto tan depurado en Poe, cambia en ciertos relatos en donde se abre esta indefinición, sobre todo en las ultimas hojas de Las aventuras de Arthur Gordon Pym, su única novela, en donde un protagonista cansado y fatigado ya por el largo viaje entre naufragios, caníbales y penurias, nos relata como ante sus ojos aparece un gigante de hielo y un hombre con la piel tan blanca como la misma nieve. Justo cuando la sensación de estar viajando entre tinieblas está presente, la narración se corta sin decir nada más, ni siquiera con un prólogo tan corto como impreciso, el narrador aclara del todo lo que ha pasado. Explica que ha muerto Pym, pero también que se han perdido un par de capítulos y que la historia ha llegado hasta donde ha sido posible.

Quizás reutilizando el guiño de Manuscrito hallado en una botella, Edgar Allan Poe engaña con un falso final, en donde no deja nada resuelto, es un abismo que se abre y que queda en lo jamás sabido. Cómo uno podría especular sobre el destino de un desaparecido, pero no sólo sobre una perdida trágica, si no hasta una tan sencilla como la de un joven universitario que un día está y al otro no. No hay voz para acallar todas las preguntas, sólo especulaciones e interpretaciones, porque el silencio también debe tomarse como una señal, pero no me refiero al final de un cuento como Hop-frog, donde lo que pasó con el deforme bufón es irrelevante después de la calcinación del rey y sus viles compañeros, la alegórica simbólica de la venganza del sirviente en contra del poder tirano, sino que me refiero a lo no concluido, el aliento latente que queda tras un relato como El tonel del amontillado, en donde el tintinear de los cascabeles nos anuncia el trágico final, pero que jamás nos da las pistas completas para entender del todo lo que el personaje vio, porqué sencillamente la antorcha no le deja ver nada. Siguiendo está línea, su más celebrado omisión es en El pozo y el péndulo, en donde se detiene sólo a describir aquello que ve en el pozo como un sentimiento que lo hace arder y no lo deja respirar de horror. El hecho que Poe no diga lo que vio, encolerizaba a R. L. Stevenson, que veía en eso “una impostura, un audaz e imprudente escamoteo.” En cierta forma tiene razón, pero su juego de manos no es el de quien quiere hacer trampa, sino el que al ocultar aquella información gana, aquella perfección que maneja con tal inteligencia en sus cuentos más completos como los ya citado al comienzo, no son abandonados, porque la no resolución de esas pistas, le dan ganancia al relato y vida.

Si fuera más lejos y tomara las palabras de George Snell cuando ve el cuento Manuscrito en una botella, como una parábola del paso del hombre por la vida, se podría hacer un paralelo completo en la vida del mismo Poe, desgraciado, que justo cuando iba en busca de aquel trabajo que le salvaría la vida, muere en mitad del camino en circunstancias que hasta el día de hoy se encuentran en las tinieblas, material de un centenar de especulaciones. Se ha dicho que lo asaltaron, que lo obligaron a votar de urna en urna en una ciudad en día de elecciones, y hasta que fue asesinaron. Nuevamente el inconcluso destino del silencio, el de quien no está para acallar las versiones y decir la verdad, porque talvez la verdad no existe, sólo hechos perdidos en relatos que sólo dejan entrever lo que es necesario para hacerlos tales, al igual, su extraña muerte es parte del mito, como lo es su obra tan oscura como lo fue su vida. Poe se debate entre la claridad y las tinieblas, en una estructura que no deja de ser maravillosa en sus descripciones precisas y su ambientación que influirá en varias y variadas generaciones hasta el día de hoy.