martes, septiembre 08, 2009

Hombre de Papel

Soy un personaje de papel y como tal acabare por ser letra muerta. A veces pienso en todo lo que han vivido aquellas personas reales de los cuentos llamados con personajes reales, y como uno poco a poco se va convirtiendo en un personaje de papel, en una persona de papel más bien. Talvez como Edipo que compromete toda su retórica para construir su propio trágico final, pero en una literatura que está tan viva como esta propia calle por la cual camino, si es que este asfalto, que observó con cada paso poco firme que doy, es real. ¿Y si yo propongo mi propio hundimiento? ¿Acaso creo tan firmemente en el progreso como el Titanic lo creyó posible, y me hundo irremediablemente por la razón más absurdamente posible? Talvez sólo soy un personaje de papel que un día decidió leer y se auto interrumpió así mismo en una mala lectura, sin entender nada de lo que estaba leyendo, sin parar, siempre adelante mezclando aún más una memoria de lento resonar, como si no tuviese pasado posible y se pudiera entender todo, como un libro que comienza en la mitad de la acción, donde uno espera que siempre sea explicado aquello que queda en la nebulosa, pero jamás es explicado, sólo se escucha un eco, la imprenta rebotando en los ojos, un adjetivo bien puesto, un verbo conjugado en medio de la desolación, una palabra que no se entiende por que el diccionario no esta lo suficientemente cerca y el propio silencio. Soy un hombre de papel porque me resulta tan difícil enumerar las veces que he ido al baño, me resulta tan difícil mi vida cotidiana, tan difícil recordar cuantas veces le he hecho el amor a Ana, cuantas veces me he resignado a perderla y cuantas nos hemos reconciliado. Soy un hombre de papel, camino por las calles de un Santiago nublado, dejo atrás la imagen de una mujer tan gorda como sus piernas le permiten caminar, ya no pienso en ella, mi pensamiento está en los libros que no leí hoy y en que no me importa, en que debería dejar la canónica lista de clásicos que nunca leeré. Pienso en el banco que está junto a mí, en sentarme como en los tiempos de la facultad cuando pensábamos todos que íbamos a ser grandes escritores y que nos agarró el matadero como dice Morales. Aún en ese tiempo veía a muchos escaparse a la biblioteca a leer, a otros en los extensos pastos de la universidad, pero algunos, como yo y Gastón, realizábamos largas caminatas antes de sentarnos a leer. Tenían un propósito inexplicable, una especie de preámbulo necesario. Por error, en ciertas ocasiones, nos encontrábamos juntos caminando a través de la avenidas cercanas de la universidad, hasta que en algún momento, me preguntaba hacia dónde iba, tras contestarle, me decía que tenía que irse, adiós y se largaba a caminar en cualquier dirección distinta a la mía. Me ponía a caminar sin rumbo y terminaba por encontrármelo en las mismas plazas que yo visitaba. Me miraba como si fuera un accidente y sonreía tímido cerrando el libro. Nos quedábamos hablando del libro de turno a veces, otras sobre música, la mayoría de las veces sólo trataba de dar explicaciones y se largaba otra vez a caminar. Yo me quedaba en la plaza sentado, decidía tomar su puesto como si el banco pidiera a gritos un lector. Leí novelas enteras sentadas en un banco de cualquier plaza, nunca poesía, la poesía se lee parado o acostado, nunca sentado. Y ahí me quedaba sentado en el banco hasta que remataba el día y el crepúsculo me impedía leer. Hace tiempo que no me encontraba con una plaza así, ni siquiera con Ana, a quien siempre le he leído algunos de mis cuentos, ambos acotados en la cama o, al contrario, ella me ha leído mientras yo lo estoy. Leer nos convierte en personas de papel, la gente de verdad no lee, no por asunto de cultura o interés, sino que tienen que vivir, los personajes de papel tiene una utilidad. La mía, aún no la encuentro, la busco y busco y no la encuentro, sentado en la plaza no la encuentro. Cuando camino tampoco, porque al igual como hay un preámbulo, después de leer, hay que ponerse a caminar de nuevo, es cuando la lectura en caso que haya sido inspiradora, nos envuelve y no nos deja, nos hace caminar más rápido, como si tuviéramos que llegar al próximo banco a seguir leyendo, aún cuando tengamos que llegar a casa a dormir, nosotros los hombres, los personajes de papel, siempre pensamos en el próximo banco, porque sólo a través de la lectura somos reales, sólo a través de adentrarnos en eso que no sabemos como llamar, nos sentimos vivos, así esperamos que nuestras piernas no se corten, que nuestras casas sean de papel, que nuestros amigos sean de papel y que el planeta mismo sea de papel. Pero el mundo no es de papel, las calles no son de papel, el banco, sobre todo el banco, no es de papel y finalmente, a causa del papel mismo, me doy cuenta que Ana no es de papel. Gastón tampoco era de papel, pero se desvaneció como el papel, la última vez lo vi en una plaza idéntica a ésta en la que estoy, en un banco tal cual como el que estoy mirando. Me dijo que tenía una clases pero que no le daba la gana ir, que había preferido venir, que sólo le quedaban unas pocas páginas para terminar el libro que cerraba justo en la última página. También me dijo que me lo prestaba si quería leerlo y me lo puso encima de las manos antes que dijera nada. Entonces comprendí que me tocaba a mí. Se fue caminando hasta perderse al doblar una esquina. Yo abrí el libro y comencé a leer.

Mentiras...

Gastón me dijo que había visto hace poco a Emilio, que se habían juntado alrededor de una cerveza. Fue al primero que le contó, Emilio tenía esa facilidad con cierta gente, era confiable. Era como un cura. Ante él no sólo tenías dos opciones, o le contabas todo, hasta lo más secreto, o te lo guardabas para siempre. Por eso, ¡igual que un Cura! Fue esa tarde que Gastón le dijo que se estaba muriendo, que tenía un cáncer o algo así, tenía un año a lo más. Emilio le dijo que se le notaba en el caracho, y en seguida le confesó que se iba a quedar ciego, como Borges. Había ido al oculista y sus ojos estaban pal’ lastre. Por tanto leer, le dijo Gastón, por tanto maraquear seguro, le dijo Emilio, y ambos rieron de sus desgraciadas vidas. Yo fui el segundo en saber, un mes después de Emilio. Me junté con Gastón a conversar sobre algo que tenía escrito y que quería que lo revisara, me lo pasó y me dijo que lo leyera mañana a más tardar, él ya se moría. ¿Qué te pasa? Un cáncer, dijo, como ves, me muero de cáncer y Emilio se nos queda ciego. Quise decirle que Emilio ya ni siquiera usaba lentes, lo habían operado o algo así, pero para qué. Gastón se nos moría, mientras Emilio seguía mintiendo a ver si reparaba algo de este mundo que se nos caía encima.

martes, septiembre 01, 2009

Lecturas

En los años de universidad el tiempo para leer se reducía a veces a los libros de los cursos, sobre todo cuando se materializaban más de mil páginas en una sola semana. Sin embargo personas como Antonio, Ríos y Gastón, lograban traspasar esa muralla, y se ponían a leer cada vez que se les daba la oportunidad. Varias veces a Gastón estuvieron a punto de atropellarlo, Antonio se perdía clase tras clase y Ríos se pasaba de su casa en la micro. Yo al comienzo trataba de leer todo lo que era mi deber y en aquellos reducidos tiempos de ocio, leer cualquier novela, que pasó a ser cualquier cuento, cualquier libro de poesía, hasta llegar a buscar poemas sueltos. Sólo cuando comprendí que había que dejar ciertas cosas, que no se podía leer todo en la vida, dejé de leer ciertos textos de algunos cursos en particular, lo cual terminó por una decidía casi total por cualquier lectura universitaria. Sólo cuando había algo interesante, me hundía en él. El segundo paso, el de aquellos sin vergüenza, era el de escribir. Yo fui de los últimos en unirme, primero fue Antonio, después se unieron los demás. Creo que fui de los últimos en presentar un texto, o quizás fue Gastón. No, me parece que fui yo. Gastón tenía la facilidad de meterme en todos sus asuntos aun cuando me negaba por dentro, al final, el convencía de participar en todos sus proyectos “artísticos”, los cuales iban desde cortos hechos con una cámara casera, hasta especies de folletos con pretensiones de libros. Él me decía “escribe una cuestión que hable mal de algún escritor. ¿Sabes a quién odio...? ¡A Blanco! Me carga Guillermo Blanco”, yo iba y lo escribía sin jamás haberlo leído, sólo siguiendo sus instrucciones. Citaba a personas imaginarias que habían hablado mal de él y decía que su narrativa era pésima. Muy mal me sentí por todo esto cuando leí un libro de Blanco, me sentí un idiota y pensé que no debía seguir más a Gastón en nada. Pero al otro día me decía que nada de lo que había escrito iba en ninguna parte y que no me preocupara, como defendiéndome por que la asquerosidad que había escrito, por lo mal que habría quedado ante el mundo entero por mi entera ignorancia. Nunca más volví a escribir una reseña de un escritor que no conociera, pero seguí ayudando en todo a Gastón. Me decía después “escribe un soneto, necesito un soneto”, “pero si ya escribiste dos tú” le decía, “necesito otro” me contestaba y lograba convencerme de escribirlo tras un montón de razones que no sabía como discutir. Tras una tarde entera de planear el soneto, ya que jamás supe nada de métrica, se lo entregaba. Entonces lo guardaba y jamás volvía a saber de mi poema. Si llegaba a preguntarle que había pasado con mis escritos, me contestaba que nada, que lo tenía guardado y en seguida me pedía que le ayudara actuando de ciego en un corto que tenía pensado. Nunca sé si me considero un verdadero amigo, yo a veces sí, otras veces me parecía que sólo una relación de trabajo, en que yo era el obrero y él era el jefe, quien me decía que hacer y como hacerlo. Ahora me doy cuenta, en ese tiempo sólo lo seguí como un igual, pero muy equivocado estaba. No es que el me viera como alguien a quien mandarle el trabajo sucio, quizás un par de veces fue así, pero no siempre. Sólo era una especie de líder, como lo puede ser un editor, que decide que va y que no va. Al poco tiempo dejé de escribir, así como fui el último también fui el primero. En esos tiempos, cuando algunos quemaban sus escritos, otros lo rompían en frente de un público y otros sencillamente perdían la página donde habían escrito su último poema a lápiz grafito, yo dejé de escribir. Lo mío era leer, así lo siento, a pesar que Ana me mira desde el cuarto esas noches que me siento en frente del computador, y espera que empiece a sonar el teclado. Jamás suena. Sólo pongo un libro entre la hoja en blanco virtual y yo y comienzo a leer o sólo a hojear algún libro. Ella cree que escribo a veces, y a veces lo hago, pero son escenas sueltas, como en espera de ese tiempo perdido, como si leer fuera un estorbo, cuando es al revés. Siempre es al revés.